Greenwashing: la ecología de los ricos

on diciembre 5, 2017

Hace unas semanas leí un artículo en El País Semanal que hablaba de Norman Foster, el gran arquitecto británico. “Norman Foster: el zurdo tenaz”, decía el título. A lo largo del artículo aparecían, repetidamente, las palabras “sostenibilidad”, “eficiencia”, “arquitectura con conciencia”, “necesidades de la gente”… Una larga ristra de palabras preciosas, llenas de grandes intenciones, de nobles deseos, no lo niego.

Pero leyendo el artículo, llegué a la parte en la que se hablaba del pabellón que está construyendo en un palacete de Madrid, donde tendrá su sede la Norman Foster Foundation. Sin despeinarse, el mismo periodista que antes hablaba de sostenibilidad y eficiencia, cuenta que el pabellón se compone de, entre otros muchos elementos, unas láminas de vidrio hechas en Suiza, una cubierta de acero hecha en Japón y una puerta de 2,7 toneladas que, eso sí, “se desliza con un dedo”. No se me pueden ocurrir cosas menos sostenibles que estas tres.

Greenwashing: el ecoblanqueamiento de alto standing

Buscando en el proceloso mar de los bits y los bytes, me encontré hace poco tiempo con esta palabra, greenwashing, que viene a significar “propaganda en la que se realiza márquetin verde de manera engañosa para promover la percepción de que los productos, objetivos o políticas de una organización son respetuosos con el medio ambiente con el fin de aumentar sus beneficios”. Hay otra palabra que también habla de algo parecido, más cercana a nosotros, que es “sosteniblablá”, que vendría a ser como la sostenibilidad de “boquilla”.

Cuando leo sobre arquitectos tan sostenibles, en principio, como Norman Foster, me vienen siempre a la cabeza estás palabras, greenwashing, sosteniblablá. El arquitecto, discreto y austero, según el artículo, tiene una fortuna valorada en cientos de millones de euros, posee “bellísimas mansiones” en Madrid, Suiza, la Costa Azul y EEUU, además de una impresionante colección de arte.  Y, a la vez, se me aparece en mi mente, ente divino y etéreo, José Mujica, el expresidente uruguayo, sentado en una silla de tijera frente a su humilde morada, una chacra del entorno rural de Montevideo. Eso sí que es sostenibilidad.

Greenwashing: lo contrario de la sostenibilidad

La sostenibilidad de los edificios implica que, para su construcción y uso, no se esquilman los limitados recursos de nuestro planeta. Implica que podrán perdurar en el tiempo, de forma respetuosa con el medio ambiente. Pero, si observamos muchos de los edificios que se califican actualmente como “sostenibles”, podemos ver que abusan del vidrio, del acero y de la tecnología, y necesitan gran cantidad de energía para su acondicionamiento.

Como ya dije en el artículo sobre la visita a varias viviendas pasivas en Andalucía, hay una ecología, que yo llamo de ricos, que me plantea serias dudas sobre su idoneidad para resolver los problemas medioambientales a los que nos enfrentamos en la actualidad. ¿Es sostenible plantar un rascacielos con fachada de vidrio en la costa del Golfo Pérsico por ponerle unas plaquitas fotovoltaicas en cubierta? ¿Es sostenible un edificio por tener un jardín vertical, carísimo de construir y gran consumidor de agua para su mantenimiento?

A veces parece que, en lo referente a la sostenibilidad, nos quedamos en lo anecdótico, en las plaquitas fotovoltaicas en cubierta, en la fachada verde, en los huertos urbanos en azoteas que producen cuatro tomates y medio por temporada para que algún restaurante con dos estrellas michelín diga que consume productos locales.

La verdadera sostenibilidad: la minimización del consumo

Cada vez tengo más claro que lo más sostenible es usar la menor cantidad de recursos posible para minimizar nuestro impacto medioambiental. No tener coche, usar el transporte público en su lugar. Comprar ropa buena, que nos dure y no renovar el armario cada temporada. Intercambiar con los vecinos objetos que ya no usamos.

Leí hace poco un artículo del escritor británico George Monbiot en el que hablaba de que, según varios estudios, las personas más concienciadas ecológicamente son, a la vez, las que más CO2 emiten en su día a día. Esto es así porque suelen ser personas de clase media-alta, que tienen viviendas más grandes, coches con más potencia y viajan mucho durante su vida. Para Monbiot, reciclar, usar la bici o tener una instalación fotovoltaica en nuestro tejado, son cosas que están bien, pero que no solucionarán el grave problema medioambiental que estamos creando con nuestra forma de vida. Si queremos ver un cambio real, tenemos que reducir nuestro consumo al mínimo, no hay otra.

Abandonemos el greenwashing

Está muy bien todo esto de la arquitectura sostenible, el Passivhaus y la bioconstrucción, pero no si nos dedicamos a construir viviendas de 400 m2 para una familia de cuatro personas. Muchas veces, y es algo que me provoca gran conflicto, pienso que lo mejor sería no construir más, dedicarnos únicamente a la rehabilitación. En cualquier caso, tenemos que reducir nuestra huella ecológica, y no taparla con medidas pseudoecológicas que no sirven más que para lavar nuestras conciencias.

Últimamente me acuerdo mucho de un viaje que hice de pequeño a Dinamarca, con mis padres, en un Fiat Regata Mare, antes de que llegaran los vuelos baratos. Tras tres días de viaje, llegamos a Aarhus, la segunda ciudad del país, donde se encontraba la vivienda de una amiga de mi madre, profesora de español. Se ubicaba en una comunidad de casas en la que se había servicios comunes como la lavandería, situada en un edificio comunitario en el que también había un comedor donde los habitantes que querían compartían la comida. Por lo visto es algo bastante normal en Dinamarca. Son comunidades de viviendas llamadas bofoelleskab en las que sus habitantes comparten una serie de espacios y servicios (lavandería, comedor, jardines, aparcamiento…), sin perder por ello la privacidad de sus viviendas. Esto sí que es sostenibilidad.

Compartamos, reutilicemos, reduzcamos

Hay un arquitecto australiano, Glenn Murcutt, ganador del premio Pritzker, que es justo lo contrario de Foster. De hecho, frente a los centenares de personas que componen el estudio del británico, el australiano trabaja solo, desarrollando, casi exclusivamente, pequeños proyectos de viviendas unifamiliares. Todos sus proyectos están inspirados en la arquitectura vernácula, y casi no tocan la tierra donde se ubican, para no dañarla. Sus viviendas emplean diversas técnicas pasivas para su acondicionamiento térmico, teniendo siempre en cuenta las características topográficas y climáticas del entorno. Frente a la casi veneración de Foster por el uso de la tecnología para sus edificios “sostenibles”, Murcutt coloca técnicas ancestrales, que emplean el viento del lugar para refrescar o utilizan grandes aleros para dar sombra a los edificios allí donde es necesario. Esto sí que es sostenibilidad.

La solución al problema medioambiental no es sencilla, ni tampoco única. Debería ser una combinación de distintas medidas, pero que nos deben llevar todas a la reducción del consumo de recursos naturales. Compartir vehículos, herramientas o electrodomésticos. Donar o vender aquello que no usamos, para que otros lo reutilicen. Reducir la superficie de nuestras viviendas, o de los edificios donde trabajamos, abaratando su construcción y mantenimiento. Las posibilidades son infinitas y variadas. Id probando, poquito a poco, veréis como no necesitamos tanto para ser felices.

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