5 cosas ecológicas no tan ecológicas

on junio 8, 2018

Afortunadamente, la concienciación respecto a nuestro impacto en el medio ambiente llega ya a la mayor parte de la sociedad. Quien más quien menos recicla, usa la bici o el transporte público o intenta usar menos bolsas de plástico en el supermercado. Otros, los menos todavía, van más allá, y llevan la ecología a todos los aspectos de su vida: alimentación, ropa, juguetes… Los más atrevidos -los que pueden, más bien- incluso llegan a construirse su vivienda según criterios ecológicos. Pero no todo es tan sencillo en este complicado y relativamente nuevo mundo de la ecología. A veces, matamos moscas a cañonazos, y nos dejamos llevar por ese sentimiento de culpa que nos invade cuando oímos ese runrún de fondo que lo invade todo hoy en día: cambio climático, contaminación, plásticos… Y compramos todo lo que lleve etiqueta ecológica, o lo que sea eléctrico, o híbrido, sin tener en cuenta factores como la huella ecológica o las emisiones de CO2 asociadas a ese producto nuevo que adquirimos, verde y sostenible, en principio.

En SLOWHAUS somos gente curiosa y hemos realizado una ardua investigación al respecto. A modo de ejemplo, os dejamos esta lista de 5 COSAS ECOLÓGICAS NO TAN ECOLÓGICAS.

1. Movilidad sostenible

Coches eléctricos, motos eléctricas, bicis eléctricas… la movilidad está en una transición hacia lo eléctrico (y, en menor medida, hacia el hidrógeno), esto es evidente. Pero, ¿es tan ecológica como la venden, la movilidad llamada “sostenible”? Los gobiernos, tanto a nivel nacional como a nivel europeo, están apostando decididamente por el vehículo eléctrico, cuyas ventajas para la contaminación en las ciudades son evidentes, al no emitir gases de ningún tipo al desplazarse por nuestras calles. Sin embargo, al meter otros aspectos de la vida de estos vehículos, su ecuación ecológica no parece estar tan clara. Nuestros gobernantes solo están teniendo en cuenta, por ahora, los gases que emiten estos vehículos al desplazarse, pero no consideran el CO2 emitido en otras fases de su vida: fabricación del vehículo, fabricación y transporte del combustible que consumen (en el caso de los híbridos), fabricación de la electricidad que los mueve… Y cuando se introducen estos parámetros en la ecuación “ecológica”, las cosas no parecen estar tan claras.

Como explican en este interesantísimo artículo, en la fabricación de los coches híbridos, eléctricos y de hidrógeno, se emite más CO2 que en la de vehículos convencionales. Esta circunstancia se revierte si se considera la vida completa del vehículo, al reducirse el consumo de combustibles fósiles, o eliminarse completamente en el caso de los eléctricos, híbridos o de hidrógeno. Sin embargo, si hubiera que reponer la batería, las cuentas ya no saldrían, por ejemplo. Otro aspecto a tener en cuenta es las fuentes que generan la electricidad consumida. Si eres propietario de un vehículo eléctrico en un país cuya electricidad se genera a partir de carbón, estás haciendo, básicamente, el tonto, ecológicamente hablando.

Además, también está el peliagudo asunto de las baterías, que son mayormente de litio, un material escaso en el planeta. ¿Habrá litio suficiente para que todos tengamos nuestro coche eléctrico en el garaje de nuestras viviendas? ¿Se extraerá de forma respetuosa con el medio ambiente? La movilidad sostenible no se resuelve inundando nuestras ciudades con vehículos eléctricos sin más, tiene muchos matices y aristas. La solución vendrá de una combinación de vehículos eléctricos, fomento del uso de la bicicleta y mejora del transporte público, entre otras muchas cosas. Y lo más importante y, quizás, más ecológico, no usar el vehículo privado, en la medida de lo posible.

2. Las bolsas de la compra reutilizables

Poco a poco vamos eliminando las bolsas de plástico en los supermercados y tiendas. El último notición al respecto ha sido el anuncio de una conocida cadena alemana de supermercados de que a finales de 2018 dejará de vender bolsas de plástico en España. Una clara apuesta por la sostenibilidad.

Como ya explicamos en otro artículo del blog, el plástico se está convirtiendo en un verdadero problema en nuestro planeta. Es un residuo de difícil eliminación que ya está contaminando nuestros mares y océanos, llegando a introducirse en nuestros cuerpos a través de los alimentos, algo cuyos efectos en la salud se desconocen.

Cada español usa, de media, 144 bolsas de plástico al año (2014). Cada bolsa es utilizada durante 12 minutos y luego va al cubo de la basura, o al contenedor amarillo, en los mejores casos (se recicla solo un 35 % de ellas). Ese plástico tarda 500 años en descomponerse. Absurdo, ¿verdad? Desde hace pocos años, la Unión Europea está intentando reducir su uso, a través de diversas leyes, que se están implantando con más o menos éxito. Y todos estamos llenando nuestras casas de bolsas reutilizables, la mayoría de plástico, aunque también las hay de tela. Y luego están también las bolsas biodegradables. Pero, ¿es esta la solución?

Empecemos por las bolsas biodegradables. Un ejemplo de este tipo de bolsa es la de fécula de patata. Según explican en este blog, para fabricar estas bolsas, solo se usa el 6 % de cada patata, que contiene el almidón que interesa. El resto se desecha, de modo que el rendimiento del cultivo de patatas para producción de bolsas tiene un pésimo rendimiento. Además, su fabricación implica un complicado proceso, mucho más costoso que el de una de plástico. Visto así, no suena tan ecológico, ¿verdad?

Luego están las bolsas reutilizables, ya sean de tela o de plástico. Están por todas partes, y casi se han convertido en un complemento más, de diseño, que usan muchas empresas para publicitarse y ganar dinero. Según un estudio de la Agencia de Medio Ambiente de Reino Unido (2006), la huella ecológica de las bolsas difiere mucho, según el material usado. Hay muchas luces y sombras. Para empezar, hay que considerar el CO2 emitido en la fabricación de cada bolsa. Según el estudio, la producción de una bolsa de algodón emite 272 kg de dióxido de carbono, mientras que la de una de plástico (polietileno de alta densidad HDPE), tan solo 2. Además, la fabricación de las bolsas de tela implica el uso de grandes cantidades de agua y la contaminación de los suelos donde se cultiva el algodón, por el uso de fertilizantes y pesticidas. Para rematar, la producción de bolsas de tela consume el doble de electricidad que la de las de plástico, y genera más residuos.

Para arrojar un poco de luz, el estudio comparaba cada bolsa según las emisiones de CO2 por cada uso, partiendo de la bolsa de plástico HDPE. Para que una bolsa de papel emitiera el mismo CO2 por cada uso que la de HDPE (2 kg de CO2), tendría que ser reutilizada 7 veces. La de polipropileno reciclado (las de rafia), 26. La de algodón, 326 veces. Además, las de papel se deterioran con la humedad y son difícilmente reciclables si se manchan. Y podríamos seguir….

¿Qué hacer? ¿Volvemos a las bolsas de plástico? No, queridos lectores, no es esa la solución. Pero tendremos que ser más quisquillosos en la búsqueda de la sostenibilidad. Si usamos bolsas de algodón, que sea procedente de cultivos ecológicos. Si preferimos las bolsas de rafia (polipropileno), no acumulemos 15 en casa y usemos 2. O mejor volvamos al carrito de la compra. Usemos el menor número de bolsas posible. Como ya hemos dicho, lo más ecológico, siempre, no usar.

3. El reciclaje del plástico

A todos nos pasa, supongo. Ante la imposibilidad de no usar ningún tipo de plástico en nuestro día a día, depositamos los embalajes y envases que inundan nuestras casas en el contenedor amarillo. En mi caso, muchas veces me pregunto si se podrá hacer algo con esa amalgama de bolsas, bandejas y envoltorios que reciclo, o eso creía yo, cada pocos días. Y, según hemos podido leer en esta web (elplasticomata), parece que bien poco.

Según dicen en elplasticomata, por razones técnicas, el reciclaje del plástico es caro y difícil. No es como el metal o el vidrio, cuyo reciclaje si es viable. En cualquier caso, el plástico que se obtiene a partir de los residuos del contenedor amarillo es siempre de peor calidad, lo que se llama “downcycling”, con lo cual, al reciclarlo, tan solo estamos retrasando su llegada al vertedero. De hecho, hay organizaciones que están reclamando que se elimine el símbolo verde del reciclaje (esas tres flechitas que se persiguen, formando un triángulo), ya que ese círculo cerrado no se produce en el caso del plástico.

La mayor parte del plástico que “reciclamos” es arrojado al basurero, incinerado o enviado a países como China. En Alemania, uno de los países más “recicladores”, más del 50 % del plástico recuperado es incinerado, con el consiguiente impacto negativo en el medio ambiente. Pero el mayor impacto del plástico se produce en los países subdesarrollados, donde se están enterrando en él, al ser un material muy usado, por su bajo coste. Si, además, están recibiendo parte del que nosotros desechamos, el resultado es, como os podéis imaginar, nefasto.

¿La solución? Como siempre, no usarlo, o reducir su consumo al mínimo. Algo difícil, dado que vivimos en un mundo en el que se está vendiendo fruta pelada y envasada en este peligroso y tóxico material.

4. La arquitectura ecológica

Ya hablamos en otro artículo del blog sobre el Greenwashing, o esa tendencia tan actual de muchas empresas a cubrirse de una pátina verde que oculta comportamientos y políticas nada sostenible detrás. Ponen un jardincito vertical en sus flamantes vestíbulos y ya dicen que son ecológicos. Y el mundo de la arquitectura, como no podría ser de otra manera, no es ajeno a esta tendencia.

Se habla de arquitectura bioclimática, arquitectura verde, arquitectura ecológica, ecoconstrucción, bioconstrucción, arquitectura pasiva… pero al final, la intención es siempre, se supone, la misma: reducir el impacto de la arquitectura sobre el medio ambiente a lo mínimo posible. ¿Lo consiguen? Pues, como hemos visto ya en puntos anteriores, hay que analizar muchos parámetros y circunstancias. No es tan fácil como poner unas placas fotovoltaicas en fachada y listo.

En la arquitectura, podríamos decir, sostenible, hay como dos formas de abordar la ecología: una, que se centra, básicamente, en el ahorro y la eficiencia energética, y otra, que, además, hace hincapié en el uso de materiales ecológicos en la construcción. La primera podría incluir el High-tech, que se centra en la tecnología para reducir el consumo energético del edificio al mínimo, sin prestar atención a los materiales, o el Passivhaus, que no exige nada en cuanto a la procedencia de los materiales de construcción ni en su huella ecológica. Hay edificios “ecológicos”, ubicados en países cálidos, con fachadas de vidrio en todas las orientaciones con lo último en fotovoltaica y eólica en sus cubiertas. Si se calculara la huella ecológica del edificio, seguramente pasaría del verde al negro en poco tiempo. Para nosotros, en SLOWHAUS, la combinación de ambos puntos de vista puede ser, seguramente, la mejor manera de afrontar el problema del impacto medioambiental de la arquitectura, no siendo admisible, en nuestra opinión, no considerar la huella ecológica en el proceso de diseño.

5. El desarrollo sostenible

Esta manida expresión es, en sí misma, un oxímoron (figura de pensamiento en la que una palabra complementa a otra de significado opuesto). En un planeta de recursos finitos es imposible un desarrollo económico eterno. En algún momento los agotaremos, siempre y cuando sigamos midiendo dicho desarrollo mediante el crecimiento del PIB. Todos los esfuerzos en hacer más ecológicos los productos serán vanos si nuestro objetivo sigue siendo que el consumo crezca indefinidamente. Sería como poner una tirita en una pierna rota. Para que lleguemos realmente a una economía sostenible, esta tendrá que ser circular, generadora de cero residuos y centrada en el bienestar de las personas, y no en el crecimiento indefinido. Ya hay, aunque sea de forma teórica, diversas propuestas que abordan, con mayor o menor éxito, estas cuestiones: economía circular, economía del bien común, decrecimiento… Esperemos que se vayan imponiendo antes de que nos tengamos que mudar a Marte, para cargárnoslo también dentro de algunos milenios.

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